Retiradas cada una de las opciones de escapar, reflejados en
las notas de un piano sumergido miles de años atrás; levemente roído cargado de
habitantes que danzan al son que el océano le propone al piano.
El sol deja destellos de colores que se posan sobre un do
que suena como un fa y un sol que suena como un la; tonadas que pareciera que
un músico profesional se encontrara presentado su último recital que su vida
mortal le entrego. El pasar de las nubes lleva consigo la muerte del sol y el
renacer de la luna dejando en oscuridad todo el lugar, creando una farola la
cual solo presta su luz para ponerse sobre las estructuras gastadas de ese
piano que clama la compañía de ese personaje que lo abraza con cada puesta de
sol.
Pero no siempre hay calma, el océano entristecido y furioso
crea caos y desolación y pena, elementos que de primera mano el músico interpreta
de tal manera que pareciera que el día que se le dio el nombre a la destrucción
nació.
Dentro de aquellos días un solitario y sutil suspiro puede
causar el final de una metáfora mal contada, un suspiro de aquellos aterra al
responsable; que crea tsunamis, terremotos, deshielo, muertes masivas tanto
dentro como fuera de esos pensamientos olvidados, encadenados y arrojados en
forma de piano que acaban con cada una de las motivaciones y/o/u ilusiones
talladas en forma de leones que protegen el refugio de aquellos habitantes que
protegen la integridad de aquel piano apenas iluminado por la farola de la
noche.
Lo que a simple vista no se notaba era el desgaste de esos
leones con cada tonada interpretada por la llegada de la noche, noche que
llenaba al piano de esperanza por sentir su abrazo de color blanco que el día disfrazaba
de colores.
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